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Los Blacksburg

Rurtcarianos

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Habían pasado tres días desde que el dragón había destruido todo el pueblo de Tarút, Dalith aún continuaba con fiebre y su piel se encontraba toda su piel se encontraba arrugada y en carne viva debido a la deshidratación severa que había tenido, la piel estaba cubierta de sangre reseca y dura, Maraduck con trozos de tela limpiaba la piel de su hija, las hiervas no hacían nada en el cuerpo de Dalith, no curaban las heridas y la medicina natural no baja la fiebre lo que hacía que aquel viejo líder se preocupara más por su hija <<tendré que ir al este, al pueblo de los Rurtcar, ahí encontraré a un viejo hechicero el cual me ayudara con esto que tiene Dalith >> pensó. El pueblo de Rurtcar, era muy bien conocido y temido al ser la cuna de los hechiceros más poderosos, nadie se atrevía a entrar a su territorio, pues eran muy avaros y engañosos, aún más que el mismo Maraduck. Todos les temían, pero él… él les guardaba respeto y siempre había sentido una corriente atrayente hacia ese sitio, hacia ese pueblo, hacia esas personas.

―Reúnanse todos ahora mismo ―vociferó.

Sus manos temblaban y sabía que su pueblo no aceptaría tal cosa, pero no les quedaría de otra. Todos se reunieron alrededor del fuego en espera de lo que su líder Maraduck les diría, en sus ojos aún se reflejaba la tristeza, el dolor, la desesperanza.

―Se muy bien que ninguno la estamos pasando del todo bien ―suspiró mientras guardaba silencio por unos segundos para pensar bien en lo que diría, ―sé que no es el momento correcto para decir esto, pero todos los presentes saben la situación por la que Dalith, está pasando, de cierta forma, gracias a ella y a su acto de coraje y valentía arriesgo su vida cómo una guerrera honorable para salvar la vida de todos los que estamos presentes ―respiró, mientras un nudo se hacía en su garganta. ―Creo que deberé de moverme al este al pueblo de los Rurtcar, ellos son los únicos que podrán salvar la vida de mi hija, he pensado en esto toda la noche y he llegado a la decisión de dejar a cargo a nuestro pueblo Tarút a Perito, ella ha estado siguiendo mis pasos desde que era una niña, Lexin y mis hombres la ayudarán a guiarse mientras yo esté en el este, hasta mi regreso, Perito, quedará a cargo de nuestra tribu y, Perito, aquí frente a todos los presentes te ordeno cómo tu líder que crees con todos los presentes de nuevo nuestras casa, que las hagas renacer de entre las cenizas, serás bien recompensada por tu trabajo ―terminó de hablar mientras ponía una de sus manos sobre la cabeza de Perito.

―Todos los presentes entendemos su desesperación debido a la salud deplorable de la señorita Dalith y estamos con usted, puede ir en paz, al regresar encontrará nuestro hogar cómo si esto jamás sucedió ―habló Clara.

―Gracias a todos ―sonrió, aunque la tristeza se reflejaba en su rostro.

Aun cuando la luna brillaba con todo su esplendor y las estrellas se miraban en el cielo, Maraduck emprendió su viaje hacia el este, llevaba a Dalith en su espalda, uno de sus hombres había decidido acompañarlo a pesar de que él se negó a su ayuda, nadie se despidió de su líder, pues aquello estaba contra las reglas, se decía que era un mal augurio despedirse de los suyos. Maraduck debía de guiarse al este siguiendo las estrellas que el bien conocía y había estudiado desde su juventud, debían de atravesar el bosque, lo que era una tarea difícil si se llevaba una carga en las espaldas, el camino era inclinado, pedregoso y muy lodoso debido a la nubosidad que se mantenía día y noche dentro de él.

―Señor, debemos de descansar, hemos caminado por horas, mis pies y los suyos no resistirán el solo caminar sin detenernos ―comentó Lucas.

―Tienes razón, Lucas, debemos de descansar ―respondió mientras apoyaba su cuerpo hacia delante en el tronco de un roble.

―Le ayudaré con la señorita Dalith ―mencionó tomándola mientras Maraduck se soltaba los nudos de la tela de su cintura.

―Gracias, Lucas ―sonrió.

De un cargo sacó unos trozos de carne de vaca seca, comieron poco, bebieron agua y durmieron. El resplandor del sol iluminaba las copas de los árboles, las aves cantaban y el cielo estaba despejado, sin señal de lluvia. El crujir de una rama hizo que Maraduck saliera de su sueño, sacó su espada a toda prisa, mirando a su alrededor, se sentía sumamente observado, sabía que debían de seguir caminando, de lo contrario, las almas en penas de los muertos olvidados los atormentarían, despertó a Lucas, miró a su hija, tenía los labios resecos así que le dio agua.

― ¡Papá! ―susurró.

―No hables, hija mía, todo estará bien, ya lo verás ―sonrió con lágrimas en sus ojos.

Lucas, se puso de pie, adaptándose a la claridad, se ciñó la espada a su cintura y prosiguieron a caminar, había decidido llevar a Dalith en su espalda, para que el camino no le fuera tan tedioso a su líder, la edad ya se le notaba, las arrugas en su frente, mejillas y diferentes partes del cuerpo ya le hacían notar los años, al ser el mejor guerrero, tenía cicatrices de las batallas ganadas, por reclamar su territorio. Escuchaban el relinchar de unos caballos, las risas de unos niños, lo que fue una alegría para ellos.

― ¡Hemos llegado! ―exclamó alegré Maraduck.

―Sí, señor, hemos llegado ―sonrió.

Caminaron a toda prisa hacia el lugar de donde provenían las risas, ahí estaban habían llegado al pueblo de los Rurtcar, al poner un pie sobre aquel pueblo sintieron una fuerte energía de magia que los hacía sentir el pecho oprimido, Dalith se había desmayado, pues su cuerpo estaba al borde del colapso.

― ¿Quiénes son ustedes y a que han venido? ―preguntó una voz ronca justo detrás de ellos.

―Somos viajeros, venimos desde el sureste ―habló Maraduck. ―Soy Maraduck, líder de la tribu de los Tarútos, he venido a sus tierras porque necesito de su ayuda ―expresó.

―Tienen suerte de que yo los haya recibido, soy Miyako… Miyako Suliman, líder de los Rurtcarianos ―sonrió extendiendo su mano.

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