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La mujer de los tres dominantes

🔒 Capítulo 10: Los hermanos.

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Narra Mahina Clinton

El hombre regordete que me había pedido me llevó hasta las afueras del edificio. Asustada observaba que todos los mercenarios se metían en unos autos negros, con extraños símbolos de dobles “SS”, con una espada en medio.

El raptor abrió la maleta de un auto y sin meditarlo, me metió dentro bruscamente.

—¡No! ¡Basta! —grité pataleando. Pero con una fuerte cachetada de su parte, caí rendida―. Te… ¡Te recordaré! ―susurré perdiendo poco a poco el conocimiento en tanto cerraba la maletera.

Mis lágrimas se intensificaban con más frecuencia.

—Jeremy… padre… —sollocé, encogiéndome y abracé mis piernas.

«Por qué… ¿Por qué la vida estaba siendo otra vez injusta conmigo?» pensé, envolviéndome en la oscuridad de mi pesar.

***

Luego de largas horas, abrí los ojos con pesadez. Con un terror me senté de inmediato.

Me encontraba encima de cartones y botellas plásticas. Estaba en un lugar ensombrecido y sucio.

No era una casa, eran calles angostas. En específico callejones, en donde había indigentes en pequeños grupos, fumando, bebiendo y uno que otro, durmiendo en bolsas y cartones, envueltos de gruesas y sucias colchas.

—Se despertó la diversión —se bufó el tipo que me había secuestrado.

Él se encontraba en una silla, sentado, observándome atentamente mientras bebía una botella de Ron. Estaba ebrio.

—Uy… tendremos una grandiosa noche —replicó un viejo sin dos dientes, que se encontraba unos metros más allá de él.

Se veía realmente aterrador.

—No…, ella es mía, ni lo mire Arnold.

―Tacaño…

―Po-por favor déjenme ir —exclamé sollozando, en tanto me levantaba, pero una cadena sonó.

Me giré, y percibí que mi tobillo estaba presionado a ella.

—¿Crees que dejaría que escapes? —me dijo riendo, el hombre.

―¿Qué vas a hacer conmigo?

―¡Pronto lo sabrás, mientras tanto cállate! ―me gritó mal humorado.

Ante mi resignación, me senté, abracé mis piernas y me sumergí de nuevo en llanto.

Los demás me veían, pero era como que no les interesaba lo que me sucedía. Era como si este acto terrible, era algo normal.

—Jackson… —susurré, recordándome de él—. Tengo miedo, mucho miedo.

Lloré, y lloré todo lo que pude. Mi cabeza aún no asimilaba todo lo que había sucedido, ni aquello que había recordado a consecuencia de eso, horas antes.

No podía ordenar mis ideas, me era difícil pensar en algo cuerdo.

***

—Ven dulzura, te disfrutaré un par de noches y luego te diré Adiós ―dijo el hombre, luego de unos minutos, sin prestarme atención. Supongo que ya estaba completamente en el climax del alcohol, luego de varias botellas.

Él comenzó a venir encima de mí. Retrocedí negándome, pero era más fuerte que yo.

Me sostuvo con fuerza de los brazos en tanto me resistía, luego me descubrió el pecho y asquerosamente, lo absorbió.

Mi mente entró completamente en un estado crítico. De nuevo escenas confusas en que me hacían cosas parecidas pasaban por mi mente en medio de mi lucha.

Si sabía con instinto, que antes había sido abusada, lo estaban a punto de hacer otra vez. Todo era horrendo, quería morir en ese preciso momento.

Abrí mis ojos, resignándome a seguir mi lucha. ¿De qué servía? Estaba encadenada y sola.

Suspiré, y cerré de nuevo mi vista. Cuando de repente, antes de que el hombre realice su siguiente acto atroz, una voz aguda, me salvó.

—¡Tío! ¡Mira lo que te traje! ―dijo, el pequeño―. Conseguí el mejor licor de la ciudad. Pude robarlo del banquete real que hicieron en el centro, hace unas horas.

Esas palabras robaron la atención del tipo. Entonces se acomodó el pantalón y con el cuerpo tambaleante, se acercó al niño.

Me cubrí lo que me había dejado al descubierto, luego alcé mi mirada, con mi respiración agitada, y me percaté de que mi salvador, era un niño de nueve años, de cabellos oscuros y ojos verdes como los míos. Su ropa desgastada y sucia me indicaban que también era un indigente.

—Sabía que me servirías de mucho, cuándo te recogí —dijo el bastardo, con voz ronca y le arranchó la botella en segundos para bebérsela.

El anuncio del niño llamó la atención de sus amigos que se acercaron a pedirle que les invitara un sorbo. El hombre mezquinamente se negó.

—¡Es mío! —gritó mientras lo alzaba al aire para que no se lo roben.

El niño, percatándose de la distracción de su tío, se acercó a mí.

—¿Estás bien? —me habló en voz baja.

Yo apenas asentí, con alto desconcierto. Él trató de sonreír para darme consuelo, y después retiró una pequeña llave de su bolsillo. Con su dedo me silenció y consecutivamente, me abrió las cadenas.

Mi pecho se aceleró con fuerza, porque tenía una oportunidad de huir.

—A la cuenta de tres, corre conmigo y no te detengas por nada del mundo ―me dijo, y sin preguntar nada, asentí de nuevo. Entonces, cuando contó hasta tres, me sostuvo de la mano y salimos corriendo, despavoridos.

Su tío al darse cuenta vino corriendo detrás de nosotros, pero como estaba ebrio cayó por un tropiezo. Sus otros amigos se le fueron encima para quitarle la botella y gracias al cielo, ni nos hicieron caso.

De todas formas, seguimos corriendo como si nuestras vidas dependieran de ello. Pasamos por más calles oscuras repletas de solo indigentes. Todo era completamente pobreza.

Por un momento, llegué a pensar que era la parte pobre de Mali. Pero, luego recordé, que yo ya había dado un recorrido junto a Jeremy y Jackson, por todos esos lares y nunca habíamos pasado por un lugar tan pobre como ese.

Nos detuvimos luego de unos minutos. El niño se veía agitado, entonces en vez de que él me preguntara si estaba bien. Yo se lo pregunté.

—Respira hondo, y expúlsalo suavemente —le dije, sosteniéndolo de sus hombros.

Él se sorprendió.

—Estoy bien —me contestó.

—Gracias, gracias por haberme ayudado —lo abracé, con mi garganta hecho un nudo.

—No me gusta cuando mi tío les hace esas cosas a las mujeres. Por eso, siempre trato de ayudarlas.

—Tú… ¿Tú vives con él? —Lo alejé para detallar su rostro.

El pequeño negó.

—No, solamente vengo porque me obliga a traerle cosas. Él, a cambio, me regala dinero y yo con eso me compro tesoros.

—¿En serio? —le respondí sin comprender la palabra tesoro, pero le seguí sin preguntar.

—Sí. Yo no tengo una casa, ¿Ves cómo duermen aquí? —Me señaló a las otras personas envueltas en sus sábanas en el piso—. Así duermo. Yo duermo dónde me alcanza la noche.

Estaba sorprendida, el pequeño me lo contaba como si vivir así, fuese algo natural.

Mis ojos inevitablemente se cristalizaron.

—Ahora que estás bien, sirenita. Deberías irte. Si mi tío te encuentra, te atrapará de nuevo.

Le quedé viendo y su inocencia me estremeció por completo. Sonreí, bañándome el rostro.

—¿Por qué sirenita?

—Por tu cabello… —Sonrió.

Yo pasé mi mano, por mi cabello y comprendí. Por lo tanto, acaricié su mejilla y le aclaré:

—No sería capaz de dejarte. Tu tío te regañaría y te haría quien sabe qué.

—Quizás me golpee, pero no me hará lo que les hace a ustedes. Nunca lo ha hecho, así que, el golpe puedo soportarlo. Yo, de verdad, no quisiera que más chicas mueran. Eso me da tristeza.

Ante su comentario, resoplé. No podía creer como él podía asimilarlo de tal forma. Pensé en breve y se me ocurrió algo.

—Está bien, pero quisiera un poco más de tu ayuda. No conozco este lugar. ¿Te gustaría ayudar a esta sirenita a ubicarse, para luego irse?

Él dudó un poco, pero luego asintió.

—Sí.

—Te lo agradezco. —Acaricié su cabeza―. ¿Puedes decirme tu nombre?

―Me llamo Leonard.

―Lindo nombre, Leonard ―le dije, gentilmente―. Bien, comencemos por la ciudad, ¿En dónde nos encontramos?

—En la ciudad, Sadri ―me contestó. Y me quedé paralizada. Abrí mis ojos sin controlarlos. Eso era, prácticamente, imposible.

¿Cómo había podido llegar tan lejos? Me encontraba a Kilómetros de Kilómetros, de la ciudad Mali.

—¿Yo…, yo ahora como haré? —Tapé mi cara. Estaba preocupada.

—¿No tienes una casa? —me preguntó el pequeño.

Sí, lo tenía, pero no sabía que debía hacer. Me recordé de Jackson, pero primero tenía que entretener al niño un poco más para que ese hombre no le haga nada.

—No vivo cerca, vengo de muy lejos y no sé cómo regresar.

—¿Entonces como harás?

No tenía idea. Hasta que recordé que, dentro de pocas semanas, se celebraría “El Aniversario del Acuerdo de las tres Ciudades”. Significaba que varios poderes de lo alto se reunirían aquí, entonces era un hecho que Jackson junto a su padre vendrían, y, aquello sería mi única oportunidad de regresar.

Con un poco de esperanza miré al pequeño y le comenté sobre mi pensamiento, luego él imploré:

—Un amigo vendrá pronto, y necesito que me ayudes, mientras tanto, en sobrevivir en esta ciudad.

Leonard, amablemente afirmó. Después me sostuvo de la mano.

La noche ya nos había alcanzado.

—Está bien, ven conmigo, ya debemos ir a dormir —me dijo.

—¿A dónde iremos?

—Hoy iremos junto a mi hermana.

—¿Tenías una hermana? —cuestioné. Ya que no me lo había comentado antes—. ¿Cuántos años tiene?

—Quince.

—¿Por qué ella no está contigo todo el día?

—Por qué ella no se levanta. Está muy enferma. Imagino que ya comió lo que le dejé temprano. Hoy no encontré nada para la noche, así que, discúlpame no tengo nada que invitarte.

Me mordí el labio. Esto realmente era terrible. Estábamos en pleno siglo XXI ¿Y cómo era posible que, este maldito reinado, no podía ayudarlos?

Esa respuesta vino de inmediato a mi cabeza: A ellos no les importa la gente inferior.

Apretando mis puños. Forcé mi sonrisa.

―No te preocupes, no tengo hambre. Así estoy bien.

Posteriormente seguí sus pasos. Caminamos un largo trayecto bajo las penumbras de la ciudad, hasta llegar al fondo de uno de los callejones, en donde se veía una mini casita de puros trapos y ropas viejas.

Se asimilaba más como una tienda sostenida con palos y sillas alrededor, como lo hacían los niños para jugar a la casita.

Leonard gateó y entró primero. Luego se asomó para invitarme a entrar con la ceña de su mano.

Me agaché por la entrada, todo el espacio por dentro era de un metro y medio de altura.

Avancé y me detuve, cuando observé una pequeña lámpara que alumbraba la silueta de una mujer embarazada.

—E-ella es…

—Sí, ella es mi hermanita Lucy ―me dijo el pequeño.

—¿Co-Cómo es posible? —tartamudee.

—Hola…, ¿Qui-quién eres? —pronunció apenas con bajas fuerzas. Leonard me hizo una sonrisa aprobatoria, como diciendo que me acercara a su lado para saludarla.

Creo que él no se daba cuenta de la gravedad de la situación, pero realmente su hermana estaba en muy mala condición.

—Hola… —le hablé con dulzura—. Soy una amiga de Leonard, él me ha invitado a dormir con ustedes.

Ella ligeramente sonrió. Sus ojeras eran enormes y verídicamente se veía desnutrida.

—Muy bien, hermanito —le dijo, y sacudió el cabello de su hermano a mi lado—. Ofrécele un poco de pan. Es lo único que nos queda.

—Hermana, es el pan que te dejé, ¿no comiste hoy?

—Lo lamento, Leonard, no tengo mucha hambre.

Ante su pedido me negué y agradecí. Comprendía que ese alimento lo necesitaba más al pequeño.

Él aceptó y se lo comió velozmente. Dentro de mí, me había predispuesto que al día siguiente iría por más para que ellos tengan que comer.

—¿No desearías ir a un hospital? —le comenté, a los segundos, que Leonard había aprovechado a botar algunos envoltorios dentro del lugar.

—No, aquí nadie nos cura ni nos atiende. ¿No eres de por aquí verdad?

―No… pero ¿A qué te refieres con que nadie los atiende?

―Los pobres no tenemos derechos de médicos ni ningún cuidado.

―Imposible… ―repliqué, anonadada, de esta absurda monarquía.

Ella, cambiando de tema, se centró en mí.

—¿Y cómo llegaste?

—Es una larga historia, sin embargo, no importa… —le respondí, y acaricié su sien.

Su estado me hacía recordar a mí. No sabía exactamente por qué. Pero absolutamente podía sentir ese dolor de no tener a nadie mayor, quien pueda darte algún cuidado real.

—Gracias, por hacer compañía a mi hermanito ―me dijo, comprendiendo mis ganas de no hablar sobre mi vida.

—Él me salvó. Debería ser yo, la agradecida.

—¿Mi tío? —replicó, y asentí, afirmando que fue el culpable de que yo estuviera en esa circunstancia, y añadió—: No se cansa de hacer daño.

Sus lágrimas de sufrimiento cayeron.

—No me digas que él…

Ella, arrugando el gesto, me lo terminó por confirmar. En ese instante, sentí rabia. Esa persona era por completo un bastardo.

—¿Cuántos meses tienes? ―le cuestioné, acariciando su barriguita.

Era cálido y se sentía como se movía. Todo me hacía sentir familiar.

—Siete meses —contestó. Y yo apreté sus manos en forma de consuelo.

—En un mes, alguien vendrá por mí. Prometo que los ayudaré.

—Si es que logro aún estar viva —dijo con amargura en su tono.

—Lo harás, yo ahora estoy aquí y prometo apoyarlos en todo lo que pueda.

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