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Kaïa La Hiena de la Mafia

La Muerte de Asunta

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Tres meses después de la pequeña celebración que María Asunta había organizado en la pequeña habitación que comparte con Kaïa, tal como ha venido haciendo todos esos años en esa fecha especial para que su patrón no la castigara, con ocasión al cumpleaños número once de Kaïa, la pobre mujer se encontraba como todos los días haciendo la limpieza de la casa, cuando sintió un malestar superior al que ha presentado en los últimos días.

María Asunta ha venido sintiendo pesadez en todo su cuerpo, una especie de ahogo parece atacarla, sobre todo al final de la tarde. Cada vez se siente más agotada. No siente dolor; al contrario, de no ser por la fatiga y la ausencia de oxígeno con la que comienzan esos episodios que han alterado su salud y su sistema nervioso, se diría que la mujer es un roble por la fortaleza que ha demostrado siempre, no es de las que se enferman con facilidad, cualquiera diría que estaba perfecta de salud.

Como son tan breves los momentos en los que le ha durado el malestar, lo asocia al exceso de trabajo y la edad, asume que no es nada de qué preocuparse. No se lo advirtió a su patrón, pues a fin de cuenta, él no le daría importancia.

María Asunta es del pensar que si Aurelio no se preocupa por su propia hija, mucho menos lo va a hacer por ella que no es nada de él, ni por agradecimiento.

Son muchos años que ella lleva sirviéndole a Aurelio Paternina. En su memoria tan grande como un elefante, recuerda que viene trabajando para él después del primer mes que él compró la casa donde sirve y vive.

Aurelio, por albergar tanta maldad en su corazón, desconfía de todo el mundo. En esos años María Asunta, ha visto que solo encuentra confianza y seguridad en ella y su mano derecha, el desgarbado y siempre desaliñado Máximo Contreras, un hombre de treinta y cinco años de edad, quien si bien no es un adonis, la mujer siempre ha considerado que si se bañara con regularidad y  cuidara un poco más de sus cabellos, la barba y su ropa, tendría otra cara que ofrecerle a la mujeres de esta zona la región amazónica, pues es un hombre con el tamaño y la corpulencia que atrae miradas, ello sin contar con que es moreno ojos marrones, hasta dentro de lo tosco que es tiene un trato especial para algunas personas. Por lo menos con ella ha sido un hombre servicial y respetuoso. María Asunta estima, que de haberse rodeado de otras personas distintas de su patrón la historia de Máximo hubiera sido otra.

Pensando en todo lo que ha sido su vida en estos casi veinte años que lleva sirviéndole a Aurelio Paternina, un leve dolor le atacó en el pecho, cayó de golpe recostada en contra de la encimera, haciéndose a un lado en el fregador, donde viene lavando los trastes después de preparar la cena para irse a ayudar a Kaïa a darse el baño de la noche y luego cenar e ir a descansar ambas viendo un programa de televisión de esos que entretienen a la niña.

En medio del dolor que la hizo desfallecer de ipso facto, intentó pararse firme para ir a sentarse en una de las sillas de la mesa que ocupa el área de la cocina. No le dio tiempo de avanzar si quiera dos pasos, pues otro dolor igual de leve pero decisivo, la atacó tirándola de largo a largo en el medio de la cocina. No le dio tiempo ni a gritar para alertar a Kaïa de lo que le venía sucediendo. La vida de la protectora y fiel acompañante de Kaïa se apagó sin aviso. Así sin más dejó sola a la chica que tanto la necesitaba y ahora más que comenzó a presentar sus primeros signos de estarse convirtiendo en una mujer. Una bella, rara y exótica mujer a los ojos de María Asunta. El cambio que Kaïa ha venido dando la ha tenido fascinada y al mismo tiempo en alerta.

Días atrás Kaïa presentó su primer período, lo cual se convirtió en un problema para María Asunta, pues Kaïa dentro de su poco entendimiento no lograba adaptarse a la protección mínima que requería para evitar accidentarse, solo al tercer día fue que la niña, ya adolescente, logró acoplarse a este cambio.

Volviendo al presente, a este doloroso presente, las horas transcurrieron y por la oscuridad que se desprende de la ventana de la habitación, Kaïa sabe que esta es la hora en la que por nada del mundo puede salir a deambular por la casa. Si bien siente la molestia del hambre atacar su estómago, se siente incómoda pues ha pasado bastante rato y ni siquiera ha podido cumplir con su rutina del baño de esa hora.

Ansiosa se sienta y se acuesta en forma repetitiva. Los nervios por ver alterado su cronograma biológico, se acerca una y otra vez a la puerta de la habitación para escuchar si por casualidad los pasos de María Asunta se acercan a buscarla. Nada escucha, nada se siente ni siquiera afuera de la casa. A la distancia reconoce el sonido del jeep de Aurelio al llegar, por lo que también se mantiene atenta a este sonido tan familiar en su rutina diaria, pero nada se escucha alrededor.

Vuelve a la cama, se recuesta sobre su almohada con la mirada fija en la pantalla de la pequeña televisión que tiene al frente y abraza a la muñeca morena cabellos negros azabache. Ni cuenta se da que se quedó dormida esperando la llegada a “Asunta”, como bien la llama cuando decide hablar.

Afuera de la habitación, ya a la media noche, Aurelio Paternina acompañado de su hombre de confianza, arriba a la casa, pasado de tragos, tropieza varias veces hasta estar adentro. Decide ir a la cocina por un vaso de agua antes de ir a dormir.

Frena de golpe al encontrarse con su nueva realidad tirada en el piso de la cocina. Esto le hizo volver en sí de inmediato, el efecto de todo el licor que había tomado pareció pasar en seguida, se asustó al ver a la mujer de servicio tirada en el piso.

—María Asunta —Parado en frente de ella, la llama —. Párate mujer —Le ordena mirándola fijamente y luego se da la vuelta para buscar el vaso de agua.

Se toma de un solo sorbo la mitad del vaso de agua y al no percibir que María Asunta le hable ni sienta algún movimiento de su parte, se voltea a verla en la misma posición. Casi de lado con una mano en el pecho y otra de lado sobre el piso con la mano empuñada. Parece estar dormida, solo que algo en particular llama su atención, los labios de la mujer están morados, y al bajar la mirada hacia su abdomen advierte que este no se hunde tal cual sucede con una persona cuando está respirando.

Para este entonces la preocupación comenzó a atacarlo, por lo que camina hacia la mujer, se arrodilla frente a ella y pega su oído a sus fosas nasales para comprobar si lo que le pasó por la mente es solo una idea absurda. Niega la posibilidad de que María Asunta este pasando por eso. No. Se niega rotundamente a admitirlo. Sin embargo, la ausencia de algún ruido proveniente del cuerpo de María Asunta lo alerta de su mayor tragedia.

La mujer de servicio, la que lo ha apoyado en todos estos años y ha guardado el secreto de la existencia de Kaïa ha fallecido.

Se coloca de pie tratando de pensar qué hacer. En lugar de entristecerse por la perdida de la mujer que le ha sido fiel, una rabia lo invade al acordarse de Kaïa.

«¿Ahora que voy a hacer con esa cosa del demonio?», Se pregunta mentalmente frunciendo el ceño.

Sabiendo que debe resolver en seguida el entierro de María Asunta, camina apresurado hasta afuera de la casa y bordea la entrada principal para llegar a una especie de barraca donde Máximo y otros de sus trabajadores tienen una habitación. Sin importarle el descanso de sus hombres, Aurelio toca la puerta de la habitación de Máximo como si el mundo se le hubiera acabo.

—Patrón —Le dice Máximo nervioso y con cara de somnoliento al abrirle la puerta.

—María Asunta murió —Le dice—, ven a la casa con varios hombres para que la saquen, no quiero tener ese cuerpo un minuto más allí dentro —Le ordena y se devuelve.

Así sin más, esa misma noche Máximo y tres de los peones, sacaron de la cocina el cadáver de María Asunta. Aurelio Paternina en lugar de dormir o si quiera verificar el estado de Kaïa, tomó otra botella de licor del bar que tiene en casa y volvió a sumirse en el alcohol en su despacho.

La preocupación de no saber qué hacer en adelante con su hija, la que el considera un engendro, no le da paz, ni le permite considerar la posibilidad de despedir a María Asunta como bien se merece por el tiempo dedicado tanto a él como a su única hija, por la mente no le pasa la idea de darle una sepultura digna, similar a la que le dio a Malaya.

Admite silentemente, entre un trago de ron y otro, que la suerte de Kaïa ahora si está en sus manos. Por primera vez, fue consciente de su responsabilidad con la chica que por años ha mantenido dentro de la casa, pero que decidió no volver a ver.

Dejado como fue de la suerte de Kaïa, como si la vida le pudiera dar a María Asunta, una mujer bien entrada de edad, la posibilidad de la vida eterna para seguir ayudándolo a mantener el secreto y seguir evitando que el mundo se enterara de la existencia de Kaïa, ahora siente el peso de no saber qué hacer.

—Maldita mujer —Grita en el despacho—. ¿Por qué también te antojaste en dejarme solo con ese demonio? ¿Qué voy a hacer ahora? —pregunta en un grito apenas entendible por la dificultad que el efecto del alcohol comienza a poner en sus capacidades motores al no poder articular con precisión las palabras—. No tenías derecho a morir. Malaya ni tú estaban autorizadas para hacerme esto —Expresa al tiempo que le da un golpe seco al escritorio.

La mañana llegó, Aurelio en algún momento de la madrugada se quedó dormido con el rostro recostado sobre sus brazos cruzados encima de la superficie del escritorio. Aturdido por la resaca se puso de pie y se fue directo a su habitación, tomó un baño con agua bien fría, se puso ropa limpia y tan acostumbrado a no ver por más nadie que por sí mismo, volvió a su despacho, tomó las llaves del jeep y salió de casa olvidándose que en algún lugar de esa enorme propiedad está la persona mas afectada con la muerte de María Asunta.

Pasó todo el día, hasta bien entrada la media noche en el rancho que improvisó como despacho en el lugar donde procesan la droga que lo ha hecho el hombre que es hoy en día.

Pese a su intento de no pensar en Kaïa, al recordar que debe estar en la casa, si bien no tuvo intención de ir a ver cómo pudiera estar, en todo el día la mente lo mantuvo con el único pensamiento de qué hacer con ella. No consideró si pudiera hacerle falta algo, como comida, compañía, o si quiera una explicación de la ausencia de María Asunta.

Kaïa, solo ya bien entrada la tarde, cuando comenzaba a caer la noche, fue que decidió salir de la habitación, y a riesgo de ser descubierta y castigada por el ogro, como bien le decía María Asunta para crearle temor y lograr que no saliera de la habitación cuando él estaba cerca, caminó directo a la cocina buscándola. El apetito y la debilidad que siente la mantiene en estado de ansiedad alarmante, las manos le tiemblan, siente que su cuerpo suda, pero ante su ignorancia no sabe que es, de lo único que es consciente es que María asunta no está cerca y necesita comer algo.

Buscó con la mirada alrededor de la cocina algo que pudiera satisfacer el horrible dolor que siente en el centro de su cuerpo, tomó un bollo de pan de una cesta que María asunta acostumbra a tener allí. Se comió la mitad en desespero, y cuando sintió algo de fuerza salió de la cocina hasta la sala de estar buscando a la mujer que la ha acompañado siempre.

—A…, Asunta —La llama en su tono de voz atropellado.

Se paró frente a la ventana por un rato esperando respuesta. No la obtuvo y asumiendo que pudiera estar afuera, en el huerto, como ha sucedido otras veces, volvió a la cocina por más pan. Abrió la heladera y sacó una jarra de jugo y con cuidado de no derramar nada se sirvió un poco en un vaso, lo tomó sin respirar y al escuchar afuera algo similar al ruido que hace el jeep de Aurelio, dejó el vaso sobre la encimera, cerró la puerta de la heladera de golpe y corrió torpemente por el pasillo hasta llegar a la habitación y buscar resguardó en el rincón donde siente la seguridad de que no será descubierta por el ogro.

Esperó a escuchar algún ruido que avisara de la llegada de él o de María Asunta. Otra vez no llegó lo que esperaba, y volvió a quedarse dormida, pero esta vez en el piso acostada en posición fetal, sintiéndose extraña por primera vez en tantos años. La ausencia inexplicable para ella de María Asunta en cierta forma la afecta. Tan acostumbrada a la mujer y a las pocas rutinas de vida que ambas habían entablado a diario que al ver alterado su ritmo de vida dos días seguidos se siente perdida.  

Encontrarle una explicación a lo que siente y a la realidad que la rodea es mucho para ella aun siendo niña. Sin pensar se perdió en la bruma del sueño donde imágenes confusas le atacaron durante toda la noche.

No sabe Kaïa que a partir de ahora está prácticamente sola, casi desamparada en un mundo para el que no fue preparada. Ahora debe comenzar a formarse una rutina de vida sin el apoyo de su fiel y más grande protectora.

María Asunta, aunque no fue mucho lo que le enseñó, sabiendo que la vida es tan efímera, la estuvo preparando para este momento.

Kaïa dentro de su limitado discernimiento, debe tratar de recordar todos y cada uno de los consejos que la vieja y cariñosa mujer le enseñó. Si quiere sobrevivir en este mundo de fieras y ogros, donde el líder de ellos es su padre Aurelio Paternina, deberá asumir las riendas de su vida sin dudar, sin esperar que él u otra persona tenga la misma consideración, la dedicación y el amor que ella le demostró buscando formar su carácter y darle confianza en si misma, pese a ser tan diferente de todos los que viven en la región.

Para Kaïa comienza una nueva vida. Una lucha por hacerse un lugar en el mundo al que su padre relegó a Malaya, su madre y, por ende, a ella. Una vida en soledad, encerrada en su mundo de rutinas, silencios, abstracción, una vida de incomprensión y rechazos por la ignorancia de todos los que la rodearan y los que las circunstancias de vida le obligaran a conocer.

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