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El amor de mis sueños

CAPÍTULO 9

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Al despertar, además del enorme sentimiento de culpa que crecía en mi interior por no haber intercedido por el pobre hombre que yacía en su lecho de muerte, sentía mi cuerpo entumecido y dolorido. Por lo visto, me había quedado dormida en una posición incómoda y no me había acomodado más, y el sueño había sido tan intenso que permanecí en esa fase durante mucho tiempo. Me di una ducha caliente para estimular mis músculos y salí a hacer las compras para despejarme un poco. Necesitaba un cambio de aire. Pensé en comer afuera, pero me sentía tan mal por lo que acababa de presenciar, que necesitaba la soledad de mi hogar.

Caminé durante un buen rato sumergida en mis pensamientos, reviviendo cada parte de mi sueño (o pesadilla), hasta que me di cuenta que había llegado a una tienda y entré. Casi en automático agarré algunos ingredientes para improvisar una cena, aunque no sabía qué era lo que estaba poniendo en el canastito que llevaba en la mano.

“Vamos, Abi, despierta de una vez”, me dije a mi misma, “vuelve al mundo real.”

Miraba el suelo, paseando por las góndolas, cuando alcé la vista y lo vi. Era él. Definitivamente era él. Estábamos cerca de casa, era por eso que lo había soñado, ese bello rostro se había quedado conmigo y lo había llevado a mis sueños. Era mi subconsciente trabajando y mi desesperada necesidad de estar con alguien más a parte de mi propia y aburrida persona y gran imaginación. “No, Abi, ¿qué dices? Todo esto es real. Mira tus rodillas, realmente están lastimadas.” De nuevo trataba de justificar mis sueños, aunque tenía pruebas de que eran reales.

Él avanzó para seguir comprando y lo seguí. Se dio cuenta y volteó para ver quién era quien lo seguía. Clavó sus ojos en mí, y yo hablé de pronto.

—Perdóname, te estaba siguiendo. Necesitaba asegurarme de no perderte esta vez, por si no nos volvíamos a encontrar. Espero que no te haya molestado.

Me miró con el ceño fruncido y no supe qué hacer. Comencé a sentirme mal de pronto, mi rostro ardía, sentí mis mejillas ponerse rojas, y el calor seguía hasta mis orejas detrás de mi cabello. Rompí el contacto visual y miré al suelo. Miles de ideas y pensamientos cruzaron mi mente en cuestión de segundos: estaba loca, había perdido la cabeza, pobre hombre, qué estaría pensando de mí, ¿cómo me había atrevido a decirle eso? Todo había sido producto de mi imaginación. Necesitaba huir pronto de allí. ¡Qué vergüenza! En el momento en que mis pies decidieron funcionar para voltear en la dirección contraria a Adriano, si así se llamaba, él me tomó del brazo. No comprendí lo que sucedía, hasta que me envolvió en un abrazo y me estrujó contra su cuerpo.

—Eres real. No puedo creerle a mis ojos. Pensé que mi mente me engañaba —susurró cerca de mi oído.

—Espera —dije—. ¿Eres Adriano?

—Si, y tu Abi.

—Si —dije, casi inaudible.

Sentí que iba a desfallecer. No estaba loca. Él estaba ahí, y era de carne y hueso, ¡y me estaba abrazando! Y qué bien se sentía. Sus brazos alrededor de mi cuerpo se sentían cálidos, y a la vez irreales, ¡si él era salido de un sueño! Mi mejilla se estrujaba contra su pecho firme y su aroma me envolvía y embriagaba mis sentidos. Sentí que flotaba, y no me despegaba del suelo sólo porque él me estaba sujetando.

Qué suerte que me había dado esa ducha antes de salir de casa, porque él realmente se veía y olía bien. No quería verme tan mal en nuestro primer encuentro. Ya mi rostro se veía demacrado por no haber estado descansando como debía.

—Déjame comprobarlo, para saber que no estoy loca…

—No sé cómo es posible, pero no estás loca.

—Tienes un tatuaje en la pierna en honor a tu madre.

—Así es.

Adriano me soltó y me miró a los ojos.

—Y tú eres la persona más bella que he conocido —me dijo—. Y hasta donde he visto no tienes tatuajes.

Volví a sentir cómo mis mejillas se ponían rojas y Adriano sonreía ante mi acto adolescente.

—Por favor, me veo fatal. He estado descansando muy poco. Este asunto me tiene desvelada.

—¿Quieres…? No, no sería correcto.

—¿Qué? —pregunté, intrigada.

—Mejor dame tu número y te daré el mío. Nos conoceremos mejor si iniciamos una relación sana y conversamos por mensajes. Te invitaré a una cita a su debido tiempo.

Quería arrojarme a sus brazos ahí mismo y que me llevara a su cama. A la m*ierda con mi discurso de raptos y violaciones. Si me hubiese visto Eva en ese momento… Tómame, Adriano, por favor, aquí y ahora.

—De acuerdo —dije, para no sonar desesperada, y haciendo un gran esfuerzo para luchar contra mis deseos.

Tomé su móvil y anoté mi número, y le dí el mío para que hiciera lo mismo.

—Aunque te llevaría a cenar ahora mismo, creo que lo correcto es hacer las cosas bien. Además creo que tienes planes —dijo, observando mi canastito en mi mano.

“Si, Adriano, conmigo misma. Ven a mi cama, te lo ruego”. Me mordí la lengua para que esas palabras no salieran de mi boca y asentí en silencio.

—Vayamos despacio —dijo.

Necesité preguntarle, no podía quedarme con dudas, o ilusionarme con el hombre perfecto.

—¿Alguien te espera en casa? ¿Tienes pareja? —pregunté

—¡No! ¿Te refieres a lo que dije recién de ir despacio? No, claro que no, Abi. Sólo quiero hacer lo correcto.

—¿Cómo es que un chico tan guapo como tú no tiene novia? —solté.

No creí que fuera capaz de decirlo, pero era todo lo que podía pensar en ese momento y las palabras brotaron solas.

—Podría preguntar lo mismo, pero voy a responderte. Y dejaré que te marches porque es tarde. En realidad, si me dejas, te acompañaré para asegurarme de que llegues bien. Estoy soltero porque he tenido malas experiencias previas. Pero quiero conocerte porque desde que te sueño no puedo dormir bien por pensar en ti. Hay algo contigo. Además de esa belleza deslumbrante.

No dije nada. Era la misma razón por la que yo estaba sola y no quería citas. Con respecto a la segunda parte de su oración, ningún hombre me convencía con palabras bonitas (él ya me había convencido de todas formas, por lo que no tenía que hacer ningún esfuerzo).

—¿Te parece bien que te acompañe? ¿Estás bien con eso? Sabré dónde vives, pero prometo no ser ningún acosador.

Asentí con la cabeza y ambos nos dirigimos a la caja para pagar nuestras compras. Claro que quería pasar más tiempo con él.

Bien, Adriano era real. La chica de la caja lo saludó cuando él fue a pagar sus compras. Segunda vez que comprobaba no estar loca. La tercera sería cuando se lo presentara a mis amigas y vieran que era de carne y hueso.

Al salir de allí miró Ia bolsa con mis compras.

—Permíteme —dijo.

Llevó mi bolsa y caminamos hacia mi apartamento. Deslizó sus dedos entre los míos y sujetó mi mano. Una sensación electrizante recorrió mis dedos y las chispas cubrieron mi cuerpo. No quería que la noche terminara jamás. Caminamos en silencio el resto del trayecto a mi casa. No quise mencionar a los alados, no quería sonar desquiciada en nuestro primer encuentro, y noté que Adriano estaba pensativo, aunque sereno. No iba a arruinar el momento con historias fantásticas.

Al llegar a la puerta de casa moría de ganas de arrastrarlo conmigo hacia el interior de mi apartamento y hacerle el amor durante toda la noche. Pero él, demasiado correcto, me devolvió mis compras y soltó mi mano.

—Buenas noches, Abi.

Yo no quería que se fuera. No me moví de mi lugar. Mis pies parecían anclados al suelo. Miré hacia arriba, hacia su rostro, y me encontré con su mirada dulce de ojos cerúleos. Estaba un poco alto para robarle un beso, y ni que me atreviera a hacerlo, no era tan osada.

—Buenas noches, Adriano.

Se inclinó hacia adelante y besó mi mejilla. El roce de su barba me dio un placentero cosquilleo allí, que me hizo sonreír aún más. No tenía otra opción, era momento de ir a casa, así que volteé y me observó entrar a la recepción del edificio. Desde adentro lo saludé con la mano, me devolvió el saludo y se marchó.

Esa noche me costó muchísimo conciliar el sueño por estar pensando en él. Era tarde, cuando recibí un mensaje en el móvil. Mi corazón comenzó a palpitar más rápido en mi pecho al ver que en la pantalla se leía el nombre de Adriano.

“Estoy en la cama, pero no puedo dormir. No dejo de pensar en ti”, ponía. Pensé en algo que no sonara muy tonto para responderle, pero me tardé demasiado y llegó su segundo mensaje: “Espero no haberte despertado con mi mensaje”.

“No lo has hecho. Yo también pensaba en ti”.

“Sé que si dormimos nos veremos de todas formas, pero no logro hacerlo”, escribió.

Esta conversación era demasiado rara. No sabía si ambos habíamos perdido la cabeza o qué, pero al menos lo había encontrado y no podía esperar nuestro próximo encuentro cara a cara.

“Intenta descansar. Asumo que en la mañana tendrás algún trabajo al que asistir, aunque no sé cuál”, escribí.

“No sabemos mucho el uno del otro, pero siento que me enamorará cada parte de ti, Abi. Soy ingeniero civil en una empresa privada. ¿Qué hay de ti?”

“Soy periodista. Trabajo en la parte editorial. Suena menos importante luego de saber a lo que te dedicas.”

“No te menosprecies. Gracias al trabajo que haces tu y los tuyos hacen nos mantenemos informados a diario. Abi, disculpame, pero creo que no llegaré a contestar tu siguiente mensaje, se me cierran los ojos. Mañana te escribiré. Espero seguir conociéndote, me ha encantado verte hoy.” Ponía emojis soñolientos y besitos.

“No te disculpes, descansa. Seguiremos mañana.”

Aunque intenté dormir, no lo logré de inmediato. Y para cuando por fin llegó el sueño habían pasado horas. Nota mental: hacer caso a mi terapeuta y no tomar más esos fármacos; hacer caso a Filotes y no dormir siesta.

Entré al mundo de los sueños, salí de casa y allí estaba el edificio de Adriano. Pero los alados estaban entrando en él. ¿Qué querían allí? Oniros podía estar jugando con sus sueños o podía querer consumir sus energías. Imaginé lo peor.

Corrí hacia allí para detenerlos, sin saber cómo lo haría, cuando la vara dorada de Filotes me detuvo.

—Detente. Déjame manejar la situación. Tú escóndete.

—Pero… Adriano… —dije, desesperada, sin poder articular otra palabra.

—Escóndete —dijo Filotes, amenazante.

Corrí a espiar por una ventana, pero la habitación de Adriano era subiendo las escaleras, así que me escabullí a través de una ventana abierta, mientras Filotes entraba por la puerta principal.

Me escondí en una habitación vacía, mientras escuchaba, sin poder ver lo que sucedía.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó Filotes.

—¿Qué haces tú aquí? —replicó Ezis.

—Vine a ver a éste. Continúa levantándose y quería asegurarme de que se fuera a dormir. Eso es todo.

Estaba hablando despectivamente de mi Adriano, como si sólo se tratara de un objeto inanimado.

—Salgan —exigió Filotes—. Todos menos tú.

Escuché como todos salían menos Oniros. Me encogí en mi lugar y esperé, ansiosa, a que continuaran dialogando.

—Se han alimentado dos veces hace poco tiempo. No sé qué haces con este pobre hombre, pero te conviene dejarlo en paz, Oniros.

—Sabes lo que pienso. Y sólo quiero hacer mi trabajo. Este humano se está levantando demasiado, y debería permanecer en su cama.

—Oniros, por favor, no me tomes el pelo. Márchate ahora.

Oniros salió de la habitación y Filotes permaneció allí un momento.

—Sé que estás por aquí —dijo—. Sé que no me has hecho caso cuando te dije que permanecieras al margen.

Salí de mi escondite y entré en la habitación de Adriano. Filotes me observaba con desaprobación.

—Gracias por eso.

—Abi, esto es peligroso. Necesitamos trabajar en ese plan —dijo Filotes.

—¿Tienes uno?

—Algo así.

—¿Qué sucede aquí? —pregunté, entendiendo poco y nada de ese mundo extraño de dioses y sueños.

—Vamos, te explicaré.

—Pero, Adriano…

—Lo dejarán en paz por ahora.

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