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El amor de mis sueños

🔒 CAPÍTULO 15

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—¡Filos! —grité.

La vi detrás mío, volando en mi dirección. Venía en mi rescate. Sus enormes e imponentes alas negras planeaban hacia mi, y me sujetó por debajo de los brazos, para levantarme en el aire.

—¡Abi! ¿No habías dicho que no harías más tonterías?

No podía ver su rostro, pero imaginé su expresión de enfado por el tono de su voz.

—Te metiste en la boca del lobo. Debes recordar que este mundo es real, y puedes hacerte daño si no vas con cuidado. Recuerda, en la fase del sueño estarás bien, pero esta dimensión es real, Abi, grabatelo.

—¿Volveremos por Adriano?

—Ese no era Adriano. Era una ilusión creada por mi hermano. Te he hablado de ello. Tanto gasto de saliva en vano.

—¿Estás segura? Se veía tan real…

Filotes me puso en tierra firme y voló por encima de mi cabeza para colocarse delante mio.

—Sí, Abi. Conozco las ilusiones de Dolus cuando las veo. Son siglos de verlas. Luego de tanto tiempo puedo diferenciarlas de la realidad.

La sensación de angustia por haber visto a Adriano cubierto de sangre aún me invadía, pero Filotes parecía segura de lo que decía, lo que me dio cierta tranquilidad.

—Ya verás que es así, Abi. Estará sano y salvo en tu sofá cuando volvamos. Aunque no podremos hacer demasiado pues no has bebido la infusión.

—Bien. De eso quería hablarte. Antes de irme, hoy en la mañana, quería proponerte hablar con Oniros. Parece el más sensato de todos y lo he escuchado hablar con Tánatos sobre lo disconforme que está sobre la situación aquí. Quizá si lo convencemos de trabajar con nosotras…

—Podríamos intentarlo, pero no creo que Oniros se una a un bando de una sola diosa y una humana para luchar contra cinco de los nuestros. Les teme demasiado. Son capaces de infligir mucho dolor aunque sus poderes no sirvan entre ellos. Son hábiles guerreros.

—¿Ustedes pueden morir?

—Claro. No somos inmortales. Sólo vivimos más que los humanos.

—¿Sabes cómo pueden morir tus hermanos? Podríamos amenazarlos con eso.

—La única forma que tenemos de morir es sacrificándonos a nosotros mismos. Dando la vida por otros. No funcionará, Abi. Ninguno de mis hermanos está dispuesto a dar su vida.

Me sentí frustrada, pues esto no iba a ningún lado.

—Bueno, hay otra forma, pero no funcionará. El dios que nos concibe también nos puede quitar la vida. Mi madre no es capaz de matarnos.

De pronto, escuchamos el batir de alas, pero fueron tan veloces que no tuvimos tiempo para correr.

Ker, Ezis y Éris aterrizaron donde nos encontrábamos, rodeandonos. Filotes se volvió hacia ellas, adoptando una postura de pelea, con su vara lista.

—Corre, Abi —fue todo lo que me dijo.

Era tiempo de que le hiciera caso a Filotes sin dar tanta vuelta. Corrí, no sabía hacia dónde. Me escabullí entre Ker y Ezis, mientras las tres se abalanzaban hacia Filotes con sus armas en alza.

Dolus me esperaba, de pie junto a unos árboles, con una mirada perspicaz dibujada en su rostro. No supe hacia dónde correr para huir de él, cuando comenzó a mover sus manos y adiviné que se trataría de uno de sus trucos. A mi alrededor crecieron unos arbustos, tan altos como yo, que me encerraron, y dentro de la línea de los arbustos crecieron del suelo unas enormes rocas como paredes, que me encerraron aún más.

Tomé coraje, pensando que necesitaba salir de allí.

—Es una ilusión, Abi. No es real —dije para mi misma.

Cerré los ojos y extendí mis manos en el aire. Comencé a caminar, esperando no estrellarme contra la pared de roca. La atravesé sin problemas, abriendo los ojos, y corrí lejos de Dolus. Pude oírlo levantar vuelo detrás mío, pero me escondí entre los árboles lo más rápido que pude.

—¿Dónde te encuentras, Abigail? —preguntó Dolus.

Unos lobos furiosos, echando espuma por la boca, salieron de la espesura del bosque y comenzaron a perseguirme. De nuevo, comencé a correr lo más rápido que pude en la dirección opuesta a ellos, aún sabiendo que podía tratarse de una ilusión creada por Dolus. Pero si sus ilusiones estaban ahí, él también estaría cerca.

Continué corriendo hasta que Dolus me alcanzó y me alzó en el aire. Grité y pataleé pero fue en vano. Seguimos subiendo y actué sin pensarlo. Mordí con todas mis fuerzas a Dolus en su mano izquierda, que me sujetaba por debajo del hombro, y aulló de dolor. Intentó mantener estable el vuelo, pero perdió el equilibrio un momento y comenzamos a caer hasta que volvió a estabilizarse, y me sujetó con fuerza.

Debajo nuestro comenzaron a crecer unas enormes llamas, que engulleron los troncos de los árboles, y Dolus se elevó un poco más en el aire.

—Quédate quieta o caeremos en el fuego —me dijo, amenazante.

—Es obra tuya, bien podrías desaparecerlo. No creo que queme, además. Puedes arrojarme si quieres.

—¿Estás segura de eso, Abigail? ¿Cómo puedes saberlo? ¿De verdad quieres una muerte por fuego?

En ese momento dudé, y me sujeté a los brazos de Dolus.

—Sabes, no creo un sólo tipo de ilusión —agregó y miré hacia arriba, encontrándome con sus ojos.

Parecía hablar en serio. Me sujeté con más fuerza, temiendo caer, y Dolus agitó sus alas volando hacia abajo.

—¿Qué haces? —pregunté horrorizada.

—Voy a demostrarte el poder de mis ilusiones.

—No lo hagas. Te creo, no tienes que hacerlo.

Dolus continuó bajando hacia las llamas, y pude sentir el calor en mis pies. Bajó y bajó y sentí las llamas acariciando mis piernas.

—No, Dolus. ¡No lo hagas! Súbeme —grité.

Bajó hasta arrojarme directo al fuego, y el dolor era insoportable. Filotes apareció desde el mismísimo interior del bosque en llamas y atacó con su vara a Dolus, quien se defendió desenfundando su espada. Pero pronto noté que no era tan hábil como Filotes.

Todos estábamos envueltos en las llamas de Dolus, y nadie parecía estar sufriendo.

—¡Vete! —gritó Filotes.

Entonces no era fuego real. Pero de verdad sentía estar ardiendo, aunque con la distracción de Filotes el dolor había disminuido. Parecía ser que el don de Dolus podía influir en mi mente. Podía sentir el dolor, pero no era real, no me estaba quemando. Las llamas y el sufrimiento eran parte de la ilusión.

Busqué rocas en el suelo para ayudar a Filotes y las arrojé contra Dolus. Asesté unas cuantas en su cabeza y oí los insultos que profirió contra mi por lo bajo.

—Detente —gritaba, mientras las llamas y el dolor que sentía iban desapareciendo.

Filotes me dirigió una mirada fulminante y supe que tenía que huir, pero la distracción que provoqué hizo que ella pudiera dirigir un buen golpe en Dolus y desenfundar una espada corta de su cinturón, asestando un corte en el costado de su hermano.

El dolor desapareció de mi mente y las llamas mermaron, así que eché a correr, aunque antes de hacerlo escuché cómo los demás alados se acercaban a Filotes.

Me escondí detrás de unos árboles a observar. La estaban tomando prisionera, atándola con unas cadenas. Ker, Éris, Tánatos, Ezis, y un Dolus ensangrentado lucharon para encadenar a Filotes, mientras ella seguía dando batalla con todas las partes de su cuerpo. Lograron aprisionarla al fin y entre Dolus, Ezis y Tánatos la arrastraron para llevársela, mientras Ker y Éris giraban sobre sus talones y se encaminaron hacia donde me escondía.

—Despierta, Abi —gritó Filotes—. ¡Sálvate!

Cerré mis ojos y pensé en despertar. Apreté mis párpados muy fuerte, pensando que era de vida o muerte que despertara, hasta que lo logré. De pronto, sentí la tibieza de mi manta, la tranquilidad de mi apartamento y el tibio cuerpo de Adriano junto al mío.

Adriano. Todavía dormía en mi sofá.

—¿Qué sucede, Abi? ¿Te encuentras bien?

Parpadeé mirando a mi alrededor. Me encontraba durmiendo junto a él, mi cuerpo pegado al suyo.

—Pesadilla —murmuré, recordando la ilusión que había creado Dolus de Adriano bañado en sangre—. Tuve una pesadilla.

Adriano acarició mi cabello, sonriendo tiernamente.

—Todavía estás aquí —dije.

—Sí, te quedaste dormida sobre mí y no quise molestarte—contestó—. Además, no quería dejarte sola, y me pediste que me quedara contigo.

—Gracias.

—No hay problema.

Mi espalda sentía su calor, y no pude evitar soñar despierta con todo lo que tenía ganas de hacerle. Mi mano se deslizó con suavidad hacia sus caderas y lo acaricié, sintiendo su respiración en mi nuca.

—Abi…—murmuró.

Volteé en el sofá, enfrentándolo. Lo besé suavemente en los labios, sintiendo esa electricidad característica entre nosotros. Cerró los ojos, disfrutando.

—No deberíamos —dijo.

—¿Quién dice? No hay nada escrito. No estoy pidiendo sexo, Adriano. Sólo un poco de cariño.

Me observó con esos bellos ojos suyos y se acercó a mí, para besarme y acariciar mi espalda. Luego, enterró su rostro en mi cuello y permaneció allí por un momento, abrazándome. Era la sensación más placentera real que había tenido en mucho tiempo. Cerré los ojos y disfruté de su perfume y su tibieza, y juro que pude percibir su erección bajo las mantas, a pesar de que tuvo la delicadeza de esconderla, retirándose un poco hacia atrás y pasando una pierna sobre la mía. Cuanto más intentaba acercarme hacia su cuerpo, más se alejaba para que no lo sintiera.

Su esencia me envolvió por completo y quise que ese momento fuera eterno. Enterré mis dedos en su cabello y tiré hacia atrás con delicadeza para que quitara su rostro de mi cuello y poder besarlo. Mientras acariciaba su cabello, planté mis labios en los suyos y me devolvió el beso, aunque algo reticente.

Liberé mi pierna de debajo de la suya y la coloqué por encima. Hizo ademán de querer detenerme, pero fui más rápida que él y lo aprisioné con ambas piernas, atrayéndolo hacia mí.

—Abi, detente —murmuró en mis labios.

—¿Por qué?

—No es correcto.

—¿Eso crees?

—Vamos demasiado rápido. No quiero arruinarlo.

—Dime a qué le tienes miedo.

Quiso alejarse y lo dejé. No lo iba a forzar. Apoyó su frente en la mía y permanecimos un momento así, con los ojos cerrados. Yo moría de ganas por echarme encima suyo, pero tampoco quería arruinarlo todo.

Por otro lado, mi mente divagaba entre este mundo y el mundo de los sueños. Pensaba en qué le estarían haciendo a Filotes y qué podría hacer yo para salvarla. Pero también tenía responsabilidades que cumplir en el mundo terrenal, y no podría volver a ayudarla hasta la noche. Era indiscutible que tenía que tomar la infusión de adormidera antes de ir a dormir.

Miré la hora en el reloj de pared y ya estaba haciéndose tarde para comenzar la rutina.

—Prepararé el desayuno. ¿Qué quieres? —pregunté.

—No te haré trabajar. Salgamos. Yo invito. Y sí, déjame invitarte; has pasado una mala noche y nunca hemos llegado a concretar nuestra cita. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. Sólo esta vez, y que no se haga costumbre.

Me moví para levantarme, y antes de que terminara de hacerlo, Adriano me dio un beso rápido en el cuello.

—¿Me das cinco minutos así me doy una ducha? —pedí.

—No es justo que tú puedas tomar una ducha y yo no. Mejor vayamos así.

Le ofrecí una mirada pícara y le tomé las manos para levantarlo del sofá.

—Puedes unirte a mi si quieres —ofrecí, mordiéndome el labio inferior.

Negó con la cabeza, divertido.

—Abi, acabo de decir que vamos demasiado rápido.

—Pero nadie dijo sexo, Adriano. Sólo una inocente ducha.

—Eres tremenda. Vamos, vístete. Nadie se dará ninguna ducha.

—¿Caminamos hasta allí? —pregunté mientras buscaba mis zapatos.

—Sí.

—Entonces en el camino me contarás a qué le temes.

Adriano puso los ojos en blanco y comenzó a vestirse. Me arreglé como pude, teniendo en cuenta que no era la forma en que comenzaba a diario mis mañanas, y esperé a que Adriano estuviera listo. Estaba incómoda, pero también entendí que era una manera de ceder. Mi rutina comenzaba con una ducha, el desayuno y la preparación para ir a trabajar. Ya todos mis esquemas se habían roto, desde mi licencia hasta ese mismísimo día, no había nada más que desarmar en mi vida.

Adriano salió del baño y me observó. Me había quedado mirando un punto fijo, sentada en el sofá, luego de acomodar mi camisa y ponerme los zapatos.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.

—Sí, claro. Sólo pensaba.

Se acercó y extendió su mano hacia mi. La tomé y me levanté.

—Vamos. Tomaremos el mejor desayuno del mundo.

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