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Doctor Stone

🔒 Capítulo 22

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Norman Stone

—¡Rayos! —Me quejo cuando la luz que entra por la ventana de cristal me encandila los ojos. Tardo un poco en acostumbrarme a la claridad antes de abrirlos por completo.
Maldigo por no haber cerrado las cortinas anoche. Es tardísimo y me dormí más de la cuenta.
Palpo al otro costado de la cama y suspiro al notar que ya está vacío. Un nudo se me forma en la garganta al recordar la cara de Dora cuando Beatriz vino. Aunque no me haya dicho nada, su actitud ensimismada e indiferente en la cena y el hecho de que tomara su pastilla para dormir para evitar hablar conmigo, me confirman que está molesta.
Es obvio que pensó lo peor de mí y no sé como sentirme al respecto, yo también lo haría porque no hay forma de entenderlo de otro modo; sin embargo, esperé mientras cenábamos que me pidiera una explicación para poder decirle la verdad, pero eso nunca pasó. Ahora no estoy seguro de haber hecho bien al callarme, no me gusta estar distanciado con ella.
Me obligo a levantarme y voy hasta el sanitario para ducharme. Hoy es mi cumpleaños número 31 y estoy seguro de que tengo muchas notificaciones en mi celular como cada año, sin mencionar que mi madre me pidió una videollamada familiar y debo llamarla en algún momento del día para no faltar a mi promesa.
Mientras me cepillo los dientes pienso en todo lo que me espera hoy.
Luego de darme una ducha corta, con la bata puesta, voy hasta la cocina esperando encontrar a Dora ahí, aunque yo soy siempre el primero en levantarse y preparar el desayuno, imagino que debe estar ahí, ya que me levanté bastante tarde.
—Pequeña, ¿Estás aquí? —Doy una vuelta entera por todo el departamento y no hay rastros de ella. —Dora, cariño…
En el balcón tampoco está.
Aunque acordamos no dar explicaciones sobre nuestras salidas o actividades fuera de la casa, al menos que queramos hacerlo, me hace sentir mal que se haya ido sin que aclaremos lo que pasó, y justamente hoy que quería y necesitaba estar con ella. Hoy más que nunca.
Me siento en la cama con la cabeza entre las manos sopesando las posibilidades de llamarla, o al menos escribirle y saber donde está para que podamos hablar de lo que pasó anoche, pero al final decido darle un poco de tiempo. Tengo una incomodidad en mi estómago que no me permite estar bien. No quiero sentirme así, no debería, pero ella me hace sentir demasiadas cosas que nunca sentí por nadie más, me hace tanta falta como el aire que respiro.
Mi celular suena y lo ignoro olímpicamente. No tengo ánimos de tomar la llamada. Sea quien sea que me llama, dejo que se corte. Por el tono sé que no es de casa, tampoco Dora, así que no me interesa en absoluto.
Camino hasta el armario para vestirme y busco cualquier cosa que pueda cubrirme. No voy a salir y poco o nada me importa estar presentable.
El camisón de mi pequeña, la que traía anoche, está tirada en el cesto y no me resisto en tomarla y aspirar de su aroma. Me pueden llamar maniático, pero todo de ella me encanta y me vuelve loco. ¿Es tan difícil darse cuenta de que ella es la única que me interesa? Estaba hermosa y radiante anoche.
Una de las cajas que trajo ayer de la calle está en una de las repisas junto a sus libros de la facultad. Ella me dio a entender que era algo para nosotros, por lo que la curiosidad me gana y abro el paquete descubriendo un conjunto de lencería erótica y unas esposas, con otra cajita que tiene un moño.
—¿Qué estoy haciendo? —Me avergüenzo de mi mismo por tocar sus cosas en su ausencia, pero no niego que me excita lo que veo. Hemos hecho de todo en la cama, pero esto definitivamente me encantaría probarlo.
Dejo todo como estaba, menos la caja más pequeña. La abro con cuidado y un hermoso reloj con correas de cuero en color marrón es lo que contiene, junto con una tarjeta de felicitaciones que la escribió ella misma con su puño y letra.
Me emociono, no solo porque es un hermoso detalle, sino porque imagino el esfuerzo que hizo por conseguirlo. Conozco todo lo que le cuesta llevar su especialización y comprarse lo que le hace falta como mujer, aunque muchas veces le doy dinero, nunca lo usa y termina por devolvérmelo por ese orgullo tonto de no querer ser mantenida por nadie.
Manipulando el reloj, este se abre en un compartimiento oculto en la que tiene una foto nuestra, abrazados.
Si antes estaba emocionado, ahora estoy temblando. Ella es mi vida entera, y después de estos meses ya debería saberlo.
Mi celular vuelve a sonar y resoplo. Odio la insistencia, es como una patada en el hígado.
Coloco el reloj en mi muñeca y adoro como me queda. Ya está entre mis cosas favoritas del mundo.
Termino de vestirme y mientras lo hago, mi celular suena como tres veces más. Voy hasta el cuarto y con fastidio contesto.
—Hola, ¿Quién es? —Respondo escueto.
—¡Feliz cumpleaños, Norman! —La voz chillona de Beatriz desde el otro lado produce una amargura impensable en mi estómago. —Espero que la estés pasando súper.
«Estaría mejor si no te hubieses aparecido justo ahora» pienso masajeando el puente de mi nariz.
—Gracias, si estoy bien —Contesto simplemente. No quiero darle alas para una conversación cansina.
—Imagino que tienes muchos planes, pero me gustaría invitarte a almorzar. El portero me dijo que Pandora salió temprano, así que imagino que estás solo y no vas a tener problemas. Es como muestra por mi agradecimiento por tu ayuda de ayer.

¿Que es eso de andar averiguando cosas sobre mi con el portero?
—Lastimosamente, no puedo. Como dijiste tengo planes —Declino a su invitación de una. —Además, no tienes nada que agradecer.
—¡Qué pena! Me hubiera encantado mostrarte un restaurante nuevo donde hacen unas carnes exquisitas.
—Si, una lástima.
Cuando la llamada se corta, voy por un café bien fuerte para aclarar mis pensamientos y poner en orden algunas ideas. Mientras lo tomo, enciendo la notebook para llamar a Mariana.
Cuando la videollamada se conecta, el canto grupal de feliz cumpleaños de mi mamá, Gaby y mi hermana, me levanta de sobremanera el ánimo que lo tenía arrastrado por los suelos.
Hablamos por más de dos horas completas. También hablo con Darío y mi papá.
Al medio día me siento asfixiado de contestar tantos mensajes y decido salir a caminar. Estar solo en el departamento aumenta mi ansiedad y me pillo a mi mismo revisando el celular cada 30 segundos en busca de algún mensaje de Dora que nunca llega.
Cerca de las 15 hs vuelvo a casa y me acuesto en la cama sin ganas para nada. Me quedo mirando la ventana por tanto tiempo que me quedo dormido. Cuando despierto ya está amaneciendo. Nunca había dormido tanto tiempo, pero igual me siento cansado.
Voy directo al sanitario. Me aseo y me visto para ir a la clínica.
Mientras preparo mi café, miro mis notificaciones y no hay nada de mi pequeña.
Bufo, acomodando mis cosas en el maletín y salgo como alma en pena hacia mi trabajo.
Llego y lo primero que hago es buscar a Lucy. Ella me dirá todo lo que necesito saber.
Camino a grandes zancadas hacia el vestidor sin saludar a nadie. Su horario empieza media hora antes que el mío y todavía tenemos tiempo. Necesito hablar con ella sobre lo que me espera con Dora.
Abro la puerta sin tocar y ella se sobresalta al verme entrar y asegurar la puerta.
—Doctor…
—¿Estaba contigo? —Pregunto, ella asiente. No necesito decirle quien, ella ya sabe. —¿Te dijo si vuelve hoy?
—No lo creo —Carraspea. —Está desilusionada, molesta, insegura. Francamente, yo no creo que regrese al menos que la llames o busques.
Me siento en una de las sillas y asiento.
—Y tiene razón para estarlo —Agrega de manera acusadora con una ceja arqueada. —Con lo que pasó yo también lo estaría.
—Es que yo…
—A mí no me tienes que explicar nada —Me interrumpe. —Eso es asunto de ustedes, pero conozco a Dora desde hace años y hay cosas que ella no se merece, especialmente porque es una persona excepcional y tiene derecho a que la hagan feliz.
La conversación con Lucy me deja un sabor amargo durante todo el día. Lo único que quiero es que llegue la hora de ir a casa.
Termina mi horario en la clínica y manejo hasta el departamento. Me doy un baño al llegar para sacarme toda la pesadumbre y con un té de boldo humeante voy hasta el balcón para despejarme y esperando que la infusión me alivie la incomodidad.
Tomo mi celular y decido al fin en enviarle un mensaje. Hoy tiene clases y sé que no me puede atender si la llamo.
Pasan las horas y ni siquiera los lee. Ya debería hacerlo, sus clases ya terminaron hace media hora.
Esto me deja mucho más ansioso, camino en el pequeño espacio, como un toro enfurecido. Tomo el celular y le doy vueltas y vueltas hasta que en un impulso la llamo.
—Hola —Responde.
Si, un hola a secas. Un hola que me molesta, porque ella no es así. Siento que su forma de castigarme me está matando, pero no voy a permitirlo.
—Hola, cariño ¿Cómo te fue en tu examen? ¿Ya saliste? ¿Quieres que pase por ti?
La lleno de preguntas y no le doy tiempo de responder ninguna.
—Ahora estoy saliendo, pero…
—Ok, estoy ahí en cinco minutos.
Tomo las llaves del auto y salgo sin cortar la llamada.
—No es necesario que vengas, Norman. Tengo cosas que hacer. —Su respuesta me deja estático en pleno pasillo. —Voy a irme a casa, a estudiar. Mis padres me están esperando.
La llamada se corta. 

(…)

Tres días enteros.
Son como mil las veces que hice un recorrido completo al departamento. Ya limpié, ya organicé los libros, arreglé los armarios y cambié algunos muebles de lugar, hice la despensa, me deshice de algunos cuadros que no me gustaban y coloqué otros, puse más iluminación a la habitación que usamos como despacho, hice de todo, sin embargo, nada parece surtir efecto para aminorar mi ansiedad.
Miro de nuevo el reloj y el tiempo parece avanzar a pasos de caracol.
Ya tomé una decisión y nada va a impedir que lo lleve a cabo hoy. Iré a buscarla y la traeré conmigo, cueste lo que me cueste. Sé que no me quiere escuchar, pero hoy lo hará.
Coloco mi chaqueta y tomo las llaves del auto. La facultad no está muy lejos, pero con la llovizna que cae a esta hora es mejor no arriesgarse.
Diez minutos después, estaciono frente mismo a las puertas principales y opto por entrar. Los pasillos ya son conocidos para mí y camino directo hasta su salón de clases. Algunos de sus compañeros ya están dispersos y otros aún están adentro, entre ellos Dora, quien todavía no me nota.
—¡Qué sorpresa! —La voz que no quería escuchar se oye a mi costado. Maldigo mentalmente por este encuentro tan inoportuno. —Esto si es tener un buen día.
—Beatriz —Respondo sin mucho ahínco volteándome a verla.
—¡Qué bonito verte, Norman! —Me toma del antebrazo, como lo hizo en el departamento, y ya es tarde para zafarme. Cuando volteo, Dora está a un paso de nosotros, y su mirada de molestia lo dice todo.
—¿Viniste en tu auto? No traje el mío y esta llovizna no…
—Lo siento, Beatriz —La interrumpo quitando su mano de mi brazo. —Debo irme.
La dejo con la palabra en la boca y sigo a Dora, quien sale raudamente por el pasillo al vernos conversar.
Poco o nada me importa lo que piense de mí esa profesora. Por ofrecerme a ayudarla tengo problemas con Dora y ya no quiero que vuelva a suceder lo mismo.
—Cariño, espera, por favor —Llego junto a ella justo frente a las puertas de salida. Tomo de su mano y la atraigo hacia mi cuerpo.
—¿Qué quieres, Norman? Nos están viendo.
—Vine a llevarte a casa, amor —Me agacho lo suficiente para quedarme a su altura. Rodeo su cintura y abrazo, fuerte. —Debemos hablar.
—¿De qué? Ya vi suficiente y no…
—No hay otra persona que me importe más en la vida que tú, Dora, quien quiera y necesite más a mi lado que tú.
Sus ojos se empiezan a aguar. Aprovecho para subirla, solo un poco para profundizar aún más nuestro abrazo.
—Nos están viendo —Vuelve a decir, apenada.
—Quiero que lo hagan. Quiero que sepan que soy tuyo y que tú eres mía.
—Norman…
—Vamos a casa, amor. Ya no soporto estar sin ti. Te necesito, te extraño.
Dejo un beso corto en cada mejilla suya. Está totalmente sonrojada y amo verla así.
—Te quiero —Confiesa uniendo su frente a la mía. Mi corazón late fuerte y desesperado.
—Yo también te quiero, preciosa. —Mi respuesta la toma por sorpresa.
Sé que fui yo quien le dijo que no podíamos dejarnos llevar por los sentimientos, pero ya no puedo negar lo que es obvio. Estoy total y completamente enamorado de ella.

2 respuestas a «🔒 Capítulo 22»

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